viernes, 27 de marzo de 2015

A LA VIRGEN DE LA SOLEDAD


Salve, Regina.
Te saludamos
los que rezamos
con la doctrina
de los cristianos.
A ti clamamos
los descendientes
hijos de Eva
y Adán el Viejo.
Que tu consejo
sea la linterna
de este destierro
aquí en la Tierra,
de los creyentes.
De Soledad
Virgen doliente
guía y espejo
de la bondad,
luz y reflejo
de la piedad;
calma  y consuelo
de cualquier duelo,
Madre de amor
de San Salvador;
en alma y cuerpo
subiste al cielo
y estás al lado
del Creador,
Padre del Cristo
de  la Pasión.

Para las gentes
de toda Overa,
de   penitentes,
su consejera;
tanto  presentes
en nuestra tierra
o bien ausentes,
fuera de ella,
viva, en su mente,
llevan la huella
del refulgente
cielo de estrellas
de seda argéntea
de capa negra,
manto llamada
que te hermosea.
Bella, indulgente,
Madre silente:
Tu triste pena,
no indiferentes,
hacemos nuestra,
por el ungido
resucitado;
que en el olvido
no haya quedado
su sacrificio
por ayudarnos,
de aquel tu hijo
tan bien amado.
Cara de alba
y de tristeza
lágrimas de agua
y de sal densa.
Faz dolorosa
de gracia llena,
señora hermosa
dulce y serena.
Santa patrona,
intercedente,
intercesora:
Por la presente,
por quien te implora,
impenitente,
perdón aboga;
a este, defiende,
devoto ahora;
que no se queme
y vea la gloria
cuando le llegue
su día y hora.




                                             ©      Salvador Navarro Fernández.

jueves, 26 de febrero de 2015


Una y una, dos
Dos y dos son cuatro,
Cuatro y cuatro, ocho,
Y ocho, dieciséis.
(juguete numérico-literal alfanumérico)

Una boca para hablar
Lo que no te has de callar;
Dos labios para besar
A quien ames de verdad.
Para oler, una nariz,
Con la que has  de respirar
Los olores
Del rosal;
Dos ojos para mirar
De las flores
Los colores.
Dos manos para aplaudir
Lo bueno de los demás,
Gestos para disentir
De lo injusto, y criticar
Lo que no has de permitir.
Dos ojos para mirar
Antes de empezar a ver;
Luego, hay que distinguir
De lo falso lo real.
Dos pies para caminar
Sin mucha prisa en llegar,
Pues en esto has de saber
Que el camino es el final.
Cosas en la vida hay tres
Que están sobre  las demás:
Salud, amor y amistad.
Salud para disfrutar,
Amor para regalar
Y amistad que compartir.
Cuatro días que vivir,
Dice la gente vulgar
Que tenemos.
Cinco dedos de contar,
Seis horas de trabajar
O siete, todo lo más
En la sexta, descansar,
Que la siesta es de soñar.
Séptimo es día de salir
De fiesta, o de pasear.
El octavo es empezar
La semana, una vez más,
Sin pesar.
Es de la sal el salario,
Es de metal el ochavo,
Ocho es del pater Octavio,
Hijo entre Séptimo y Nono,
Que no es Póstumo ni Primo,
Sino Dómino, de domo,
Dueño de su casa y divo.
Nueve días es novena,
Oraciones de rezar,
Según predican los frailes
Y dice el rito al seglar.
Diez cosas son la decena,
Diezmo, digo, decimal.
Décimo, el de sortear,
Décima, fiebre termal.
Onceavo no es onceno,
Como Alfonso el de la Navas
De Tolosa, militar
Congregador de las bravas
Huestes de Europa integral
En aquella gesta heroica
De la España medieval.

Once es sólo cardinal
No lo es decimoprimero;
Como no es onceavo
Sino fracción del entero.
Doce huevos es docena
Contados de seis en seis
Y dos más que una decena;
Con otros tres, la quincena,
Y cinco más, es veintena,
Otros seis más, veintiséis.

Quince días, quincenal,
Dos veces quince, mensual.
Quintal, quinto, quinquenal
Son del cinco, familiar.
Quinientos son cinco cientos
Cien objetos, centenar
Centeno, ciento, centavo
Tanto, centil, centenal
Céntimo, cien, centenario
Novecientos, mil, millar,
Diez veces ciento, miliar.

Solista es son de uno,
Unitario, solitario,
En cierto modo, primario,
Por no decir el primero
Como quien dice, soltero
Dúo es uno y uno más.
Doble se dice binario,
Duplicado,
Doblegado,
Porque dobla el espinazo
Aquel que es derrotado,
Y es hacer doble el doblar.
Trío es como terciario,
Dos y entre los dos el uno.
Tercio, tercero es llamado.
Cuaderno es de cuaternario
Como quinto, legionario,
Mercenario,
Militar,
Hombre terciado:
Infante, de infantería,
De caballo, caballero,
Artillería de artillero.
Artista en guerra, guerrero,
Sea rey, príncipe o armero
República o monarquía.
Desde el último al primero.
 Augustus Divus Octavius
Sixto, Séptimo, Severo,
Pontífices de ese reino 
Celestial con el terreno
De puentes divinos, nuevos,
De marzo fuisteis los idus
Para desgracia de tiempos;
Emperadores diversos
De imperios ciegos y fieros
Que arrojasteis de sus casas
A pacíficos labriegos
Y humillasteis con las armas
A magníficos guerreros,
Un millón de almas y cuerpos
Manejasteis tan severos
Como el mar lanza a las playas
A esbeltísimos veleros.  
Soberbios emperadores
Y soberbios sarracenos
Pérfidos conquistadores
De históricos momentos.
Huella patente dejasteis
De pena y de sufrimiento,
Aunque vestigios tenemos
De lengua y de monumentos;
De cultura nos legasteis
Saberes y pensamiento
Con acueductos regasteis
Nuestros campos secos, yermos;
Con calzadas transitasteis
Montes, llanuras y puertos
Y el campo fructificasteis
Para beneficio vuestro.
Y a cambio, nos esquilmasteis
Los minerales de precio:
Oro, plata, cobre y hierro
Por vuestro enriquecimiento. 


                                           Salvador Navarro Fernández.





martes, 13 de enero de 2015

A MIS AMIGOS DE OVERA

¡Cumbres, barrancos, laderas,
Senderos que transitamos,
Caminos, rutas, veredas
Que paso a paso marcamos
Dejando impresa la huella
De nuestro andar fatigado…!
¡Bello teatro de Overa,
Cuna de Apolo dorado
Y luna cascabelera,
Al aire libre observado
Cuando el sol hoy se nos niega
En día de Pascua, nublado…!
Hijos de esta amada tierra,
Hoy de nuevo convocados,
Rinden visita a la excelsa
Patria chica, y admirados,
La disfrutan y contemplan
Como santos extasiados
Ante la belleza extrema
Con que han sido regalados
Al nacer en la ribera
Del rio Soberbio llamado.
Este dios padre, que fuera
De sus hijos bien amado
En época pasajera,
En la “civilización de antaño”;
Si bien, todavía nos queda
A algunos ese marchamo,
Memoria que es heredera,
Impronta, de antepasados;
Obsequio, regalo y prenda
Que en el corazón llevamos.
Por eso, hoy celebramos,
Como la costumbre ordena,
Con este vino criado
En las bodegas de Overa
Con gran amor cosechado,
La belleza de esta vega.
¡Viva mi tierra! –digamos.
¡Viva! –deseamos con fuerza.


                                              Salvador Navarro Fernández.

                                              Diciembre de 2014.

sábado, 10 de enero de 2015

          EN EL NOMBRE DE OVERA. AMÉN.
 “OVERA”, ¿ES DE ETIMOLOGÍA IBERA? ¿LATINA? ¿MOZÁRABE? ¿ÁRABE?

     (Propuestas para la investigación de la definitiva etimología)

     Veamos qué posibles orígenes etimológicos se nos ofrecen como soluciones razonables, plausibles:
      “Olivera” (del latin “olivar︣ia”, “olivo” -y ésta fue tierra de buenos olivos- ,  que todavía se usa como sinónimo de “olivo” en el levante peninsular),  dio  “Ol(i)vera” > O(li)vera> Overa.
          Otra posible etimología: “lugar del río, con ´ovas´, con algas”, es decir, “overa”; aunque también tendría la misma etimología, si se hiciera derivar de “ovas” (del latin ova,huevos), que son huevecillos juntos de algunos peces, hueva.
           Aludiendo al color amarillento de la tierra, que en femenino se dice “overa” (del bajo latin “falvus varius”, amarillo cambiante) podría haber  surgido este adjetivo, convertido en topónimo, Overa.
          Otra posibilidad es la interpretación, en versión árabe,  de “pozos  ( الآبار )   de          la cuesta”  (pozos  en árabe, se dice al-abar     
      que  más tarde sería “al bara”, “aubara”> luego, “ obara”/ "obira", “obera”, ”overa”.



significa pozopozo, suena algo así como be´ar, aunque en otra versión suena bi´run               . Tanto en uno como en otro caso, la evolución hasta  la cadena de sonidos “overa”, no es difícil de construir:
 Be ´ar> be´ara>be´ra>Overa (la vocal inicial se hizo indispensable, o al menos, conveniente,  a la emisión de la cadena fónica)
 Bi´run> biraun> bira> obira>Overa.
Incluso la fusión de las dos sinónimos, facilitaba la solución “overa”, con el añadido prefijo de la vocal mencionada.
              Con la idea de fecundidad, feracidad o fertilidad que da el no descartable hipotético adjetivo “ubera” (del latin uber, uberis) ( cfr. mi artículo sobre el gentilicio de Overa, en el blog Overaviva), tendríamos fácilmente el topónimo Overa, que nos ocupa.
              Así también otras posibles etimologías como la que tendría su origen en  poꜚpulus, “chopo”, con su derivado romance “llopera”,“chopera”>”llobera” (el árabe carece del sonido “p”)>Overa.
               O la que lo emparenta con ´lugar de lobos´ (“lobo” es lupus, lupi en latin) “lobera”> (la) lobera> l´obera> Overa.
               O, simplemente, de "ribera" subdividida en "rib, riv, riu, río" y "bera", que, recompuesto, pudo dar "ríOvera", perdiendo más tarde la alusión al río y quedando sólo "Overa".
               En 1712, el censo de Campoflorido incluye nuestro topónimo formando parte del nuevo municipio, como Huescal y ôlfera. Este "olfera", que después daría lugar a "overa", pasando por "ofera" (pues de forma fonéticamente relajada es fácil pasar de la bilabial poco oclusiva "v", a la labiodeltal "f "), tiene cercano parentesco fonético y semántico con "bufera" o albufera, lugar más o menos estancado de agua, de humedad constante, como tradicionalmente ha sido la zona del río Almanzora, a la altura de nuestro 'castillo' o torre de Santa Bárbara, en Overa, núcleo primigenio de poblamiento en la zona. Y he ahí otro posible origen etimológico de "Overa".
                Y ahora,  abordamos la siguiente interpretación, íntimamente relacionada con la idea de agua que implica el afijo “ur” y sus variantes.
        Vamos a aproximarnos a la explicación de por qué utilizamos la palabra “Overa” para denominar a una localidad situada geográficamente en la falda o ladera de dos poco prominentes sierras del sureste español, la Sierrecica y las últimas estribaciones hacia el Este de Los Filabres, basándonos en lo que apuntan los estudios más acreditados de toponimia rural, teniendo en cuenta los ejemplos más o menos aplicables a nuestro caso,  extraídos de la evolución fonética que dichos ejemplos han experimentado, por efecto de la transformación lógica que los idiomas hablados a lo largo de la historia en la Península Ibérica han producido en ellos, lenguas que han ido imprimiendo su huella característica,  dejándola  marcada , adherida al término preexistente, dicho en la lengua autóctona  anterior.
         Tendremos en cuenta, como otros autores hacen, lo que se conoce de las lenguas prerromanas, o lenguas ibéricas, consideradas hermanas del euskera general -no simplemente el oficial actual-, el  latín traído por los romanos, el árabe, el mozárabe y el castellano.
        “Ur” significa “agua” en indoeuropeo;  “ibar”, es “río” en ibero; es decir, “ur”+”ibar”,tautológicamente, es “el río de agua”,  y da “Uribar”, que, por relajación, puede quedar en “Uriba”, por pérdida de  la “r” final; “Oriba”, aparece  abriendo la vocal “u”, cosa muy común en la evolución de nuestra lengua; “Obira”, surge  por metátesis, alterando el orden fonético,  tal como sucedió en el paso de “riparia” a “ribaira” y luego “ribera”; “Obera”,  por apertura de la “i”, fenómeno frecuente en pronunciación morisca; “Overa”, salió por simple cambio ortográfico, que no, fonético. Conectado con todo ello, estaría “Uribe” u “Oribe”.

   “Ur”, agua corriente en vasco, tiene multitud de ejemplos en toponimia rural de los pueblos de lenguas romances y no romances.  En la Península, por ejemplo,  Urumea, río de Guipúzcoa;   Úrcal (Almería) localidad inmediata a Las Norias, de indudable relación con el agua; (H)u(é)rcal –Overa, más o menos junto al Almanzora y Huércal de Almería, junto al Andarax;  Urrácal, junto al Almanzora;  Urci, Orce, Ilorci, en el sureste español; Burgas (Orense), Asturias, Purchena, Zurgena, etc. Y, con alteraciones fonéticas, tendríamos "Oria" (nombre de río y de municipio), que sería "Uria".
      En rumano:  “urcior”  es botijo;  “izvur” ,  manantial; “pûrîu”,  arroyo; “gûrla” , charco,  lago; “iures” , crecida de agua; “abur” , vapor; “nour” , nube;  “turoi”,  manantial;  “furtuna” ,  tormenta;  “turuì”  correr el agua;   “bura”, “llovizna”.
    En Mesopotamia (que en griego quiere decir “entre ríos”):  Ur  y Uruk (Caldea), cerca de la desembocadura  del río Eufrates;  Assur,  junto al Tigris.
    En árabe, “noria”, artilugio para extraer agua, se dice  “na´úra”;  y  “torre”, construcción para la defensa de riqueza natural de subsistencia como el agua, se dice “ bur^y” . Ambos términos contienen el infijo “ur”, “agua”.
      Y ahora, aquí introducimos otra posible etimología del nombre Overa, conectada con el sistema tradicional de extracción de agua de riego y abastecimiento doméstico: la tradicional noria.
    Na´úratun, ( ناعورة ) evolucionó  a  Na´úra>(N)auera>Auera≥Agüera >Ouera>Overa.
      Y aún una nueva posible etimología:
   Con  Ur Bury             
  برج   +  Iyih + la “A” epentética (añadida) árabe habitual, daría una expresión fonética algo así como “Urbur^yia”>”Urburia”>”Orburia”>”Oburia”> “Obeira” >”Obera” >”Overa”, según la explicación que sigue:
         Minateda (Hellín) se documenta en el s.XIII como “Medinatea”,
hecho que condujo a Alfonso Carmona a identificarlo con el topónimo árabe Madīnat Iyih “la ciudad de Iyih”, la cual, según al-ʻUḏrī, se encontraba en este lugar en el s.XI, o más exactamente en el Tolmo de Minateda, prominente meseta rocosa ubicada a 1,5km al NO de Minateda, en cuya cima se conservan los restos de una importante ciudad romana. Hay pruebas de que también hubo otra ciudad de Iyih en Algezares (Murcia), y a una de las dos se refiere el adjetivo  “eiotanus” aplicado a obispos presentes en diferentes concilios de la iglesia toledana celebrados durante el s.VII. La forma mozárabe Eio que se deduce de dicho adjetivo latino eiotanus, y la forma árabe Iyih, remontan verosímilmente a una raíz iberorromana Egi que podemos relacionar directamente con el euskera egi “ladera, línea de montes”, y en particular con la definición más específica que trae el diccionario Amaia, de “pequeña planicie sobre un precipicio, meseta”, inspirada posiblemente en la interpretación de algún topónimo vasco. Como indica Michelena, este vocablo está representado profusamente en la toponimia y apellidos vascos: Eguibar, Eguiguren, Eguilaz, Eguina, Eguiagaray, Eguizabal,etc.  El desarrollo fonético es: Egi > mozárabe Eǧi,  Eyi > árabe  Iyi, Madīnat Iya > castellano  Medinatea, con la transformación de la vocal final en A durante su paso por el árabe, como ocurre en otros topónimos.
      No es ésta la única raíz euskérica con la que se podrían asociar estos topónimos. También existen: eio “corral para el ganado” y ei “pocilga”,
voces eminentemente adecuadas para originar topónimos, y presentes en los apellidos de origen toponímico Eiape y Eiarri (no hay que olvidar que los nombres de los lugares se crean normalmente en base a lo que había en el sitio en el primer momento de su ocupación;
      También tenemos la antigua raíz toponímica ´ay´ “ladera”, sinónimo de egi, estudiada por Michelena y presente en diferentes apellidos, como Aya, Ayalde, Ayaldeburu, Ayarte. El significado “ladera” sería idóneo para el Eio murciano, emplazado en la ladera de la Sierra de la Cresta del Gallo. Pero para Minateda conviene más la antedicha raíz egi, debido a la acepción “pequeña planicie sobre un precipicio, meseta”, idealmente adaptado al emplazamiento de la Iyih de Minateda, situada en una elevada planicie, rodeada de precipicios.
          Por último, es posible que hubiera una tercera Iyih. Se trataría
del lugarejo de Bugéjar, situado entre Caravaca y Huéscar, ya en término
de Granada. Este topónimo se documenta como “Burgeia” (1243), y
“Burgesa”, “Burguesa” (1271),  nombre de un castillo entregado a la
Orden de Santiago. Estas grafías indican una pronunciación /burǧéǧa/,
sugiriendo que el nombre puede remontar a una expresión árabe Burŷ   Iyih (con la transformación de la vocal final en A durante su paso por el árabe) “torre de Iyih”, muy similar a la de Madīnat Iyih “ciudad de Iyih”.
         Así que, para nuestro caso de “Overa”  Ur+Bur^y, que,  acabado en “a” daría algo así como Urburya-Urburia˃Urbera˃Orbera˃Obera˃Overa. Y vendría a ser, semánticamente, el agua de la torre, el lugar donde hay agua junto a la torre  ( nuestro castillo).
Desarrollo fonético: Egi > mozárabe  Eǧi,  Eyi > árabe  Iyi, Burŷ Iya > castellano Burgeia, Bugeja, Bugéjar. En este caso la semivocal árabe Y se contagió con la articulación africada de la Ŷ, recuperando el sonido /ǧ/ que tuvo inicialmente en mozárabe. Posteriormente el nombre perdió la R implosiva interior y adquirió una R final antietimológica, procesos recurrentes en la toponimia meridional. Al oeste de Bujéjar se extiende una amplia planicie conocida como Llanos de Bugéjar, dato que podemos poner en relación con el hecho de que, según al-ʻUḏrī, uno de los Iyih se conocía precisamente como Iyih al-Sahl “Iyih del llano”. *
         Orosio fue el primero que definió el término “burgo”, en la acepción de pago, vicus, habitaculum, aldea, y al hacer la definición de esta palabra, San Isidoro prueba que había burgos de tal clase en España a raíz de la invasión germánica.       La etimología de la palabra es latina para Orosio, puesto que dice que los romanos habían designado con ella, en el siglo I de nuestra era al primer pueblo de raza germánica que, con carácter sedentario, se estableció en el Imperio:  Hos (Burgundiones) quia creba per limitem habitacula constituta, “burgos” vulgo vocant.
    Joaquin Costa dedicó un  trabajo a los burgos y analizó su etimología que aparece en más de una familia de lenguas: macedonio βυργος, griego πύροϧ, torre; gótico baurg, plaza fortificada y ciudad; escandinavo borg, palacio; anglosajón burch, muralla; irlandés Bruch, fortaleza, palacio; árabe burg y borch, fortaleza, quinta, caserío o casa de campo.
  Nuestro investigador regeneracionista deduce que el término no debe de ser autóctono y para explicar su implantación entre nosotros, da la siguiente explicación:   Las aldeas fortificadas que había en el territorio de  cada ciudad tenían el concepto de bienes del Estado, y los siervos adscripticios que los habitaban, cultivaban y guarnecían eran siervos públicos.    No todas las aldeas de la ciudad eran de esta clase – fortificadas, propiedad colectiva de la tribu y contributas leyes-, sino tan sólo las fronterizas, vinculadas más especialmente a la defensa del territorio: “loca quae sunt ab oppidis remota” , como dice el anónimo autor de los Comentarios “de bello hispaniensi”, y se explica así la asignación que hizo Augusto en Mérida a los colonos romanos, no de las tierras próximas al río, sino las de los  extremos (Extremadura) (circa extremun fere finem velut términos). Estas aldeas fronterizas son las que los romanos debieron llamar burgos (per limitem habitacula constituta) según la definición de Orosio, quien pudo verlas antes de salir de Hispania en la misma disposición que tenían cuando se produjo la conquista romana, pues los romanos no tocaron apenas la división territorial de las tribus ibéricas, respetándoles las fronteras. Cada una de dichas aldeas, en la parte de edificación, constaba de dos cuerpos: uno, civil, el oppidum; otro, militar, la turris. Los historiadores romanos de la conquista expresaron el conjunto con el nombre de uno de los dos componentes, oppidum o turris, o castrum, o castellum, usados indistintamente, lo mismo que vicus ( y de ahí, vicinus, vecino). Hacia el siglo II, debió de introducirse el vocablo “burgo”, en la técnica militar, que sustituiría a turris, castellum,… lo mismo para referirse a los puestos avanzados que se edificaban en las fronteras de la Mauritania, como a las aldeas-castillo construidas desde tiempo atrás en las fronteras de las tribus ibéricas y denominadas  en  tiempos de la conquista opidos, vicos, o castillos.    Apoyándonos en la explicación anterior, identificamos a Overa como uno de esos lugares fronterizos, burg, bur^y, emparentado con “ur”: ur +bur^y+a, nacida al abrigo de la torre medieval que es el castillo de Santa Bárbara, y que no invalida las interpretaciones que, alusivas a la riqueza hídrica de la zona y sus posibilidades agrícolas, la emparentan etimológicamente con la idea de zona fronteriza, de paso, con posibilidades de explotación de agricultura de subsistencia y ruta comercial natural en base a la accesibilidad entre el mar y el interior peninsular surlevantino, que le concede el curso del río junto al que se ubica.                 Estos razonamientos etimológicos y especulaciones lingüísticas tienen sentido en tanto no se demuestre documentalmente, o a través de inscripciones numismáticas  o  epigráficas, como ocurrió con la res pública Tagilitana (Yhlyt), o con Baria, otro origen del topónimo Overa.                                                      © Salvador Navarro Fernández
                                                         Licenciado en Filología Hispánica.
*Revista de estudios albacetenses.



miércoles, 12 de noviembre de 2014

DEL “DOMINGO PASCUA” AL "DIA LA VIRGEN DE AGOSTO"

   El “Domingo Pascua”,  domingo de Resurrección, era  tradicionalmente uno de los días de fiesta más alegres y multitudinarios de los años cincuenta y sesenta, en el tramo del río,  nuestro Almanzora, inmediato al monumento viario de hierro y piedra de sillería que fue aquella obra de ingeniería, montada al estilo de la torre que hoy es símbolo de la llamada ciudad de la luz, París, por el sistema de placas y remaches de hierro que daban a nuestro puente y siguen dando hoy a la torre Eiffel, ese aire entre bordado y cosido industrial metálico, cuya introducción tanta admiración produjo en las grandes obras públicas.
      Se celebraba el “paso”, la pascua de  Resurrección, porque la otra, era la de Natividad, o sea de Navidad: las dos pascuas o los dos “pasos” de Jesús, uno, haciéndose humano y el otro, sufriendo crucifixión por la Humanidad pecadora, redimiéndola. De ésta última del sufrimiento que implicó, deriva el sentido de la frase “hacerle la pascua” a alguien.
       Enfín, a lo que íbamos: El “Domingo Pascua”, para celebrar la resurrección y el triunfo de Jesús sobre el pecado y su ascensión a los cielos, se congregaba en las cercanías del “Puente Hierro” de Overa multitud de personas, especialmente jóvenes, en bulliciosos grupos, entonando mejor o peor canciones populares, o bromeando con cualquier persona o cosa que se presentara. Se diseminaban a lo largo de la zona más verde, húmeda y de mejores sombras posibles, en las dos orillas del río, desde por la mañana, y, aunque a aquella excursión campestre se le llamó “ir de merienda”, lo que actualmente los modernos llamarían hacer un pic-nic, tal merienda, en realidad era más bien una comida de mediodía, en la que se integraban los mejores alimentos de que era posible abastecerse, según lo que cada economía permitía.
      Era, en realidad el Día de Exaltación de la Primavera. El cambio de estación, de los días de cada vez más horas de sol y más benigna climatología, aunque de vez en cuando surgiera alguna imprevista lluvia, que jamás fue mal recibida.
      Allí iba de merienda todo el mundo joven; se buscaba un espacio de césped típico de la zona húmeda del río, o algún claro entre las cañas del bosque que de ellas había a lo largo de unos kilómetros, y en la fina arena se extendía el mantel y se disponían las viandas, que, para la ocasión eran auténticos manjares, inusuales en la mesa a diario. Era muy socorrida la carne de conejo con tomate y pimiento, así como el atún Albo, las olivas rellenas de anchoa, los lomos de orza, las longanizas y el morcón pequeño hecho con la vejiga del cerdo, los hornazos de exquisito sabor y su huevo cocido central rematado por la cruz de pan, las pasas, las naranjas selectas con el sello impreso en la piel con tinta morada, de las elegidas para exportar en los almacenes de selección donde trabajaban tantas mujeres de Overa, los caramelos guardados de la Semana Santa, el flan chino “El mandarín” y el chocolate o los huevos cocidos decorados con colores sacados de hierbas, introducidos en “la merienda” por nuestra maestra de Villarreal, para estrellarlos en la frente de los vecinos comensales. La bebida más común aparte de la gaseosa, era el vino en la bota y, muy raros, los botellines de cerveza refrescados en el agua corriente del cristalino río.
      El punto de referencia, el centro de la fiesta campera, fue siempre el puente, ¡nuestro “Puente Hierro”…!  Debajo de él, bajo su sombra, se comía, se reía y se cantaba o se contaban chistes y se hacían bromas mientras se iban forjando algunos noviazgos o aproximaciones afectivas entre mozos y mozuelas. Sobre el puente, dejándose llevar por el sonido de sus barandillas y la brisa fresca que levemente soplaba desde abajo, paseaba la gente, las muchachas de dos en dos o en grupos de más, reían y se reían de algún pretendiente ridículo o gallardo que las seguía. No era el paseo marítimo, porque no había mar. Pero era un auténtico Paseo Fluvial, por la belleza del río, por la fronda que lo habitaba y por la vida que nos daba.
        “ Las barandillas del puente se menean cuando paso.
         A ti solita te quiero; de las demás, no hago caso.”
        “De puente a puente” -parecía que jugábamos de alguna manera a la Oca-, teníamos la otra gran fiesta local al aire libre: El día de la Virgen de Agosto. Y digo  “de puente a puente”, porque era nuestro puente entre las dos orillas del Flumen Superbus el catalizador de las fiestas a la manera de los madrileños en la pradera de San Isidro, de Goya, sólo que dedicadas en este caso a la Virgen de la Ascensión, o Virgen de Agosto. El Día de la Virgen de Agosto veníamos a celebrar de manera apoteósica el verano, y  de alguna manera conjurar el final de los agobiantes calores pues no tardaría en aparecer la primera nube blanca que anunciaría otras cercanas y oscuras  más cargadas de agua, presagiando el cambio de tiempo, a más fresco.
        Las familias trasladábamos los enseres de cocina necesarios como los “yerros” ( o sea, trébedes –de trípodes, tres pies-), la sartén, las cucharas (que no, tenedores), los cuchillos; los condimentos, colorantes, ingredientes y alimentos necesarios para la preparación del arroz (entonces todavía no habíamos llegado a denominarlo “paella”) en la sacrificada burra de todas las tareas domésticas del año, hasta la sombra del “Puente (de) Hierro”. Allí, desde las once, aproximadamente, de la mañana nos instalábamos entre la eterna, transparente y fresca acequia que regaba el pago de más allá del puente y el primer pilar de piedra de sillería que sostenía el magno armazón de hierro con arcos, barandillas y asfalto, buscábamos las indefectibles ramas secas de taray para encender la lumbre y se comenzaba a disponer todo, para cocinar aquel arroz con pollo típico de la ocasión; pollo musculoso, gallardo por ser gallo, vistoso por ser de plumas de colores adornado, que habiendo venido vivo y rebelde se iría desplumado y engullido, devorado por sus criadores. Animado el fuego y comenzada la preparación del arroz, se ponían los melones de agua (que ahora son sandías) a refrescar en aquella famosa acequia, hasta que llegara la hora de abrirlos y partirlos en “tajás”, medias lunas hábilmente cortadas por los mayores y cuyas “cortezas” o pieles duras, en fragmentos, serían proyectiles que entre risas nos lanzábamos unos a otros. Mientras que los mayores hablaban y preparaban la comida, los pequeños jugábamos y nos bañábamos en los numerosos “rebalsones”, con las advertencias de nuestros padres acerca del peligro de las bromas en el agua, aprendiendo a nadar o a medio nadar, apoyando un pie en el fondo de arena de aquellos estanques, a veces construidos por nosotros mismos.
Cayendo ya la tarde del día quince volvíamos, cansados a la casa, con el sabor de la comida-banquete en el paladar, y con el otro sabor, el de la vivencia familiar, en el alma, para siempre.
       Después vino nuestra plaga bíblica, la riada de 1973 y nos arrancó, como castigo divino, toda la belleza de aquel locus amoenus de la poesía de Garcilaso, dejándonos el actual abandono, dejadez e incuria administrativa que permite la evacuación sin control de vertidos al río de nuestros amores.


                                                           Salvador Navarro Fernández


miércoles, 29 de octubre de 2014





    NUESTROS CAMINOS* DE OVERA,
    SON CALLES Y CARRETERAS.


  
           Yo voy soñando caminos
           De la tarde. ¡Las colinas
           Doradas, los verdes pinos,
           Las polvorientas encinas!...
           ¿Adónde el camino irá?
Antonio Machado.

                    …………………………………………..


                       Caminos de tierra seca
                       Una y otra vez andados
                       Hacia aquella Noria Vieja
                       Con los cántaros a un lado
                       Y otro de burra lenta
                       Sobre ella bien montados
                       Cada uno en su aguadera,
                       O con haces apretados
                        De recién cortada hierba
                        Bajo los huertos segados,
                        De alfalfa, o trigo, cibera,
                        En la grupa bien atados,
                        Al fresco son de la acequia
                         Que pasaba suspirando
                        Mientras nuestra burra experta,
                        En el tórrido verano
                         En busca de sombra fresca
                         Me llevaba cabalgando
                         Agachada la cabeza.
                         ¡Caminos de nuestra tierra!
                        No fuisteis festoneados
                        Como largas alamedas
                        De árboles centenarios,
                        De olmos, chopos o nogueras
                        Pero ofrecisteis, a cambio,
                        Sombra de vuestras higueras
                        Y regalásteis lanzando

                        Maduros de las palmeras
                        Dátiles que iban sonando
                        En el suelo como piedras.
                       Adiós, caminos de antaño
                       Ahora hechos carreteras
                       Que me llevaron a tantos
                       Lugares de nuestra aldea
                       Lo mismo en días de trabajo
                       Que en los que fueron de fiesta;
                       Con el sudor del verano
                       O con la ropa más nueva.

          Salvador Navarro

        El tiempo transcurría a un ritmo natural: Cada día tenía un tramo de luz solar que ocupaba la jornada laboral normal fuera del domicilio: “De sol, a sol”. Y un tiempo de estancia en la casa, que no había de ser forzosamente de descanso, porque siempre había algo que hacer hasta la hora de comer o de dormir. Unas veces era cuidar los animales de la propia casa “echándoles de comer”, otras, ocuparse en faenas como el desgranado de panizo,  desperfollar, el cuidado o aliño de la matanza, o la implantación de remiendos en la ropa desgastada por el uso en el trabajo, el lavado, o la preparación de la comida del día siguiente, tareas comúnmente realizadas por las mujeres; o asistir a clases particulares con el maestro ambulante de turno (el más habitual era Bartolomé “el de las rentas” ‘¿Cuántos hectólitros de vino caben en un depósito…’), cosa reservada a los muchachos, los varones, que habían empleado el día en distintas ocupaciones como jornaleros, y querían aprender “las cuatro reglas”.
         Pero el tiempo también se medía en distancias. Quiero decir, que se apreciaba lo que se tardaba en ir de un punto a otro de nuestra extensa localidad de población diseminada, por lo largo o corto que pareciera el camino que, normalmente se recorría a pie, o, como máximo, en burra o mula. Los caminos fueron unidades de medida del tiempo en mi tierra en aquella época. Y recorrer aquellos caminos era algo más que andar. Era empaparse de los aromas del campo, de los múltiples sonidos de los animales libres o en cautividad, del canto de las aves en la mañana temprano o al atardecer, del cri-cri de los grillos en las noches de verano, del paisaje cambiando constantemente a lo largo del día según la luz solar, del rumor del agua de las acequias o del río, con todo lo cual, el tiempo en ellos se adensaba, no acababa, lo inundaba todo hasta que llegábamos al punto de destino. Pero fueron bastante más que eso. Nuestros caminos eran también lugar de cruce diario y de intercambio de estados de ánimo, de situaciones familiares, de planes para el futuro o kiosco con gaceta de noticias, buenas o luctuosas, entre la gente del lugar. En los caminos de Overa se guardan como en un archivo sin legajos, miles  de conversaciones de jóvenes, de  personas mayores, de juegos de niños; de saludos diarios y despedidas,  de “hastaluegos”, de “adiós” y “anda con Dios”, que ahora apenas se han convertido en un repetido golpe de claxon del conductor del coche pasando a mayor velocidad de la aconsejable, si es que te reconoce y decide saludarte.
     Fueron el lugar de tránsito de los ganados que iban, conducidos por pastores de fuera, protegidas las piernas con unas calzas especiales y unas abarcas sólidamente construidas, con destino al mercado de ganado de Huércal, procedentes de la  zona de Lubrín, Uleila o Sorbas, levantando una enorme polvareda cuando no había llovido, que era casi siempre.  

     El Camino Real cruzaba el río por el “Paraor”, atravesando La Concepción, o La Ermita, que es lo mismo, viniendo desde Lubrín, y por eso se llama también así, “de Lubrín”; transcurría por la “Cañá El Santo” y el barrio del Pilar, en dirección a Huércal, ya por los barrancos, hasta llegar a la Ermitica que hubo en el pequeño puerto o paso de la Cuesta Alta. De nuevo allí tornaba a la vereda montuosa encaminándose al pueblo por la zona donde estuvo tradicionalmente instalado el Mercado del Ganado.
     El camino del Carril enlazaba uno y otro lado del río: “Aquel Lao” y “Este Lao” -pero nunca se dijo “Este Lao”. Sí se dijo “la gente La Ermita” o “la gente Aquel Lao”-. Y discurría este camino entre huertos de naranjos, que era el frutal de Overa, uniendo La Ermita con Los Menas, aparte de dar acceso al Pago de Los Menas.
     De aquel camino verde que iba a la ermita, la cimbra se ha secado, las rojas amapolas están marchitas y realmente lloran de pena las margaritas y trigueras, que adornaban sus orillas.
    El camino de Santa Bárbara, hoy anulado por obra y gracia de quienes diseñaron la autovía A7 o del Mediterráneo, y que no supimos reivindicar a tiempo los vecinos, unía Santa Bárbara con El Pilar y con el Pago o huerta, enlazando con el camino de Lubrín, a la altura de Las Delicias, cortijo bordeado de granados “agrijierros”, o sea, con granadas agrias a más no poder (con sabor de agua ferruginosa), que servían de valla disuasora de visitas no permitidas por el dueño del huerto que protegían.
    En la “Cañá El Santo”, el camino de Lubrín conectaba con el de las Veintunas, que llevaba al barrio de Los Menas, ahora convertido en paseo o avenida peatonal y de carreras, a la vez, aunque suene extraño.
    La cuesta de Los Martínez en el camino de Los Navarros y la era del mismo nombre primero, arrancaba en Los Menas y llevaba hasta Los Navarros dicho.
    Los caminos transversales o cercanos a los mencionados,  tenían denominaciones por tramos de proximidad a dueños de fincas rústicas o urbanas reconocibles, o puntos fundamentales en la vida cotidiana local, como el camino del horno, el de la Venta, el del cementerio, el del Cañico, el de doña María, el de Miguel Giménez – antes, “de Pepe”-, el del Barrio, etc.
    El camino de Chupí, el de La Santa o Inmaculada o Virgen del Río, y el de la Sierrecica, eran ya especiales y su trazado apenas tocaba los núcleos urbanos, sino que discurría por los aledaños de nuestra localidad, incluso por el río, prácticamente todo, como en el caso del de La Santa, pasando por el molino de Jorge, o por la Pajarilla, yendo hacia la Sierrecica, por las veredas entre tomillos, “carramoños”, “bojalagas”, albaidas, atochas y alguna que otra ruda, o las escasas y amargas tueras.

           “Caminito que el tiempo ha borrado,
           que, juntos, un día nos viste pasar;
            he venido por última vez,
            he venido a contarte mi mal”.
                                         Gabino Coria
                            ………………………………

         *Sobre la palabra “camino” dice el diccionario de la Real Academia que viene del celtolatin camminus.
    En latin “caminus” es chimenea.
     Yo hago esta reflexión lingüística:
 "Cheminer" es caminar  (además de "marcher"), en francés.
 "Chemin" es camino, en francés.
           Cuando todavía no había vehículos rápidos como ahora, ni los caminos y carreteras estaban tan bien trazados, los caminantes se orientaban, para dirigirse de una ciudad a otra, por las viviendas que hubiera cerca del camino, entre otras razones, por si necesitaban ser socorridos en algo. Las viviendas habitualmente se distinguían a distancia, por el humo que salía de aquellos cañones apuntados hacia el cielo que eran las que acabarían llamándose cheminées (chimeneas), porque indicaban de algún modo el chemin, el camino, cercano a los hogares, que podían prestar socorro, en caso necesario, a los caminantes.
   “Cama”, en catalán es pierna.
  “Caminar” es, en castellano, mover las piernas para desplazarse sobre el suelo, con los pies.

  “Caminante” es el que va andando por el camino.
  “Camión” y “camioneta”, son vehículos que van por el “camino”
          “Camino” está más próximo a “cama” –pierna- que a otra cosa.
           Y “cama” debió de existir antes que “camino”
          Acerca de la palabra “calle” dice el Diccionario de la Real Academia: Del latin callis, senda, camino. Y caliga es calzado del soldado romano, como Calígula sería “sandalilla”.
    Calleja y Calella serían “callecilla”, en castellano y en catalán, respectivamente.
    Por otra parte, “cal” en latin es calx calcis. “Calzar” es protegerse los pies para caminar.
   Calzada es calle (o camino) preparada (a veces con cal en los muros que la refuerzan) para caminar por ella andando o con carruajes, carros, y carretas, y de este último término vendría “carretera”, que es “calle” para el tránsito de carretas.
   Así, los caminos se han hecho hoy carreteras, para que circulen las más modernas carretas: los cómodos, rápidos, confortables, soberbios y peligrosos coches.

                                              ………………….


                           ORACIÓN A SANTA BÁRBARA


Santa Bárbara, patrona
de tormentas y mineros
libra a esta aldea,  protectora,
de  las iras de los cielos.
Siempre fuiste defensora
de tus fieles; los que fueron
como a madre bondadosa,
a pedirte que en tu seno
los acogieras mimosa,
resguardados de los truenos,
y de rayos, victoriosa.
El peñón nos trajo en sueños 
a  tu iglesia, triunfadora
que salvó de males fieros
de lluvia amenazadora
 de riadas grandes, pequeños
barrancos de tierra roja,
de barros sucios, de cienos,
de gotas frías que destrozan
huertas y campos, sin freno,
torrenciales aguas locas,
blandas, finas, en invierno,
en verano turbulentas
que de par en par abrieron
en pavorosas tormentas
el azul puro del cielo.

Sólo una vez te dejaste,
nadie sabe la razón,
vencer por aquel desastre,
por aquel diluvio atroz,
que de aquella obra de arte
a los de Overa privó:
Puente de hierro, estandarte
que el río nos arrebató
y enterró en alguna parte.
¡Por él llora el corazón!
Santa Bárbara ¿qué hiciste?
¿dónde fue tu protección?
¿por qué así nos olvidaste?
¿no merecíamos tu amor?
Si fue así, bien te cobraste
la deuda, de tu deudor,
pues de Overa era la parte,
el puente aquel, la mayor;
era la más destacable,
la que lucía mejor,
frente a tu iglesia, admirable,
como en el mundo no hay dos,
y ahora es irrecuperable;
hoy son ruinas al sol
los ojos del puente, amable
paseo sobre el río Almanzor
que amenizaba las tardes
del verano en la calor;
y ni la poza “don Jaime”
ni el Cañico bebedor
tienen ya agua que nos sacie
nuestra sed con su frescor.
 Flumen Superbo entrañable,
que, de nombres, tienes dos,
río nuestro, río padre,
río de nuestra ilusión:
río seco, Dios te salve
de algún desastre mayor:
Del olvido de los hombres
carentes de corazón,
de amor a la tierra ausentes,
que andan persiguiendo al sol
en las noches de relente.




                                                                                     Salvador Navarro Fernández