viernes, 27 de marzo de 2015

A LA VIRGEN DE LA SOLEDAD


Salve, Regina.
Te saludamos
los que rezamos
con la doctrina
de los cristianos.
A ti clamamos
los descendientes
hijos de Eva
y Adán el Viejo.
Que tu consejo
sea la linterna
de este destierro
aquí en la Tierra,
de los creyentes.
De Soledad
Virgen doliente
guía y espejo
de la bondad,
luz y reflejo
de la piedad;
calma  y consuelo
de cualquier duelo,
Madre de amor
de San Salvador;
en alma y cuerpo
subiste al cielo
y estás al lado
del Creador,
Padre del Cristo
de  la Pasión.

Para las gentes
de toda Overa,
de   penitentes,
su consejera;
tanto  presentes
en nuestra tierra
o bien ausentes,
fuera de ella,
viva, en su mente,
llevan la huella
del refulgente
cielo de estrellas
de seda argéntea
de capa negra,
manto llamada
que te hermosea.
Bella, indulgente,
Madre silente:
Tu triste pena,
no indiferentes,
hacemos nuestra,
por el ungido
resucitado;
que en el olvido
no haya quedado
su sacrificio
por ayudarnos,
de aquel tu hijo
tan bien amado.
Cara de alba
y de tristeza
lágrimas de agua
y de sal densa.
Faz dolorosa
de gracia llena,
señora hermosa
dulce y serena.
Santa patrona,
intercedente,
intercesora:
Por la presente,
por quien te implora,
impenitente,
perdón aboga;
a este, defiende,
devoto ahora;
que no se queme
y vea la gloria
cuando le llegue
su día y hora.




                                             ©      Salvador Navarro Fernández.

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