viernes, 26 de septiembre de 2014

CURIOSIDADES LINGÜÍSTICAS       III


ETIMOLOGÍA DE LA PALABRA "Chaupí" o "Chupí"

        Este topónimo, nombre del lugar donde manaba la fuente de agua más apreciada de la zona de Overa, hoy convertida en pozo más o menos natural, tiene parientes léxicos en distintas localidades del sureste español: Polopos (Granada y Almería), Pulpí (Almería), Pulpite (cerca de Cúllar, en Granada), Lopera   "Llopera" o "chopera", cerca de Guadix); pero también en Cáceres: Guadalope o Guadalupe, que vendría a ser "río con chopos".
        Chopo viene del latin populus, convertido, a la manera gallega o portuguesa, a través de una metátesis de consonantes en "plopuus" y este grupo consonántico "pl" en "ch", como los gallegos han hecho de "planum" "cha(n)o". "Chupí", "Chaupí" o "Chopí", vendrían de una forma léxica "Plopi" o "Plopí", (populi - que significa "del chopo"- es el genitivo de populus) con esa terminación en "í" tónica que denotaría lugar rico o propicio para chopos, lo mismo que "Pulpí", pero aquí sin palatalizar el grupo "pl" en "ch". La "au" de chaupí es más extraña, porque lo habitual habría sido el diptongo "ué" y hubiera dado "chuepí". Pero suena excesivamente forzado.

                                                                                   Salvador Navarro Fernández.

CURIOSIDADES LINGÜÍSTICAS      II.-



La gran familia léxica de "CAÑA" (latin canna)


-canela (por la forma "acanalada" de la corteza de la planta llamada canelo)
-canal
-cánula
-caño
-cañizo
-cañí (que anda erguido como una caña)
-canalizar
-Canata (localidad de Serón, que es una cañada)
-cañada
-cañaveral
-canoa
-Canarias (porque hallaron abundantes cañadas, con cañas)
-canijo (tan delgado como una caña)
-canuto
-cañero  (acuciante)
-canilla (hueso largo de la pierna o brazo y tubo para sacar vino).
-Caniles (pueblo de Granada junto al río Fardes, con cañas)
-encañar (crecer la caña del trigo u otro cereal)
 -cañón

 -encañonar  -canalera  -acanalado  -canaleta   -canilla (tubo de salida en un depósito de vino)

cañil (caña delgada)
cañota (hierba invasiva  con estructura de caña en el tallo)
caño
cañería
cáñamo
cannabis
canear (golpear con una caña)
encanarse (lanzar un chorro de voz prolongado, como si fuera un caño sonoro)
canalón
canasta, canasto y canastilla.
canalizar
canalizo
canáceo, como el cañacoro.
canalizar
acanalado
cañamazo
cañamón
cañero

                                Salvador Navarro Fernández.

CURIOSIDADES LINGÜÍSTICAS:




    I.-       PARTICIPIOS DUPLICADOS DE AYER Y DE HOY (DOBLETES O TRIPLETES)


Presionado/Apresado ------------ Preso (de "presión" y de "prisión": preso de emoción y preso por delinquir)
Lesionado ------------- (i) Leso (lesa patria)
Fusionado ------------- (di) fuso (?) y fundido
Confundido ---------- Confuso
Difundido ------------ Difuso
Confesado ----------- Confeso
Decidido -------------  (in) Deciso (?)
Mencionado --------- Mentido (recordado) "fementido traidor"
Ilusionado ----------- Iluso
Absorbido ---------- Absorto
Salado -------------- Soso
Permitido ---------- (antiguamente) Permiso
Saborido ----------- Sabroso y también (in) Sulso (?) Desaborido
Obsesionado ------ Obseso
Pervertido --------- Perverso
Sometido ---------- Sumiso
Divertido ---------- Diverso (?)
Sumergido -------- Inmerso
Torcido ------------ Tuerto
Retorcida ----------Retorta (objeto de laboratorio)
Bendecido -------- Bendicho y Bendito
Maldecido (?) -------- Maldito
Escondido ---------- Escueto
Prendido ------------ Priso (?)
Entendido ---------- Enteso (catalanismo si se hubiera usado en castellano). Aragonés esteso.
Incluído ------------ Incluso
Recluído ----------- Recluso
Concluído --------- Concluso
Caldeado ---------- Caliente y Cálido
Redimido --------- Redento
Donado ----------- Dado
Constreñido ----- Contrito
Estreñido -------- Estrecho
Digerido --------- (in) Digesto
Cocido ----------- (biz) Cocho
Rompido (Canarias)-- Roto
Reducido -------- Reducto
Conducido ------ Conducto
Atontado -------- Atónito
Estupefacto ----- Estúpido y Estupendo (antiguamente)
Recibida -------- Recepta (es la "receta" de los médicos)
Internado ------- Interno
Contraído ------ Contracto (artículo contracto "al"= "a él")
Suspendido ---- Suspenso
Vencido -------- (in) Victo
Convencido --- Convicto
Dirigido ------- Directo y Derecho
Advertido ----- Adverso (de algún modo, advertencia es contrariedad)
Respondida --- Respuesta
Falseada ------- Falsa


                                                                                   Salvador Navarro Fernández.

viernes, 19 de septiembre de 2014

A LA ROMERÍA DE SAN MIGUEL, RECORDANDO TIEMPOS MEMORABLES DE NUESTRA TIERRA

 A LA ROMERÍA DE SAN MIGUEL, RECORDANDO EL PASADO MEMORABLE DE NUESTRA TIERRA.

     ORACIÓN A SAN MIGUEL ( imitando a Gonzalo de Berceo)

        San Miguel plumífero
        con alas de ángel,
        de espada, flamígero,
        capitán, arcángel
        triunfador del Infierno
        a Satán ganaste.
        Protege a este pueblo
        de todos los males.
        Procúrale el cielo
        donde tú llegaste.
        Recibe gustoso
        la oración sincera
        que hoy, jubiloso,
        el pueblo, de fiesta,
        reza en tu rocoso
        cerro y su ladera;
        San Miguel glorioso
        Protector de Overa.

                                                         Salvador Navarro Fernández

    No teníamos tele en color. Mucho menos íbamos a tener teléfono móvil (que empezó llamándose portátil, con toda la lógica del mundo porque no era fijo), que llegó treinta años después de nuestra historia. La televisión ya era un lujo en blanco y negro, y, como todo lo nuevo, llegaba con cuentagotas. Primero, como señuelo, atractivo para captar clientes en el negocio de la “hostelería” de mi tierra: los cuatro bares que había entonces. Como había sucedido en otros momentos, el pionero en esta ocasión fue Guillermo el de la Lola (antes, había montado una bodega con varios toneles enormes de no menos de doscientos litros cada uno. de distintos vinos, que junto al anís castellana, el coñac de marca común y algunos otros licores daban alegría al pequeño casino-taberna  donde el truco, la brisca, el “subastao” o la siete y media se mezclaban con algún que otro juego inocente para menores como los rascueles o el cinquillo). También se había adelantado a otros empresarios introduciendo aquellas emisiones casi radiofónicas por medio del pick up Philips aquel tan potente de altavoz que se enteraban hasta en Los Navarros de que el baile iba a empezar, cuando oían a Luisa Linares y Los Galindos cantar “Hay quien dice de Jaén”, o a Gloria Laso cantando “Me voy pa´l pueblo”). Pero fallaba la  infraestructura repetidora de señal de televisión. El famoso “poste de Cantoria” era poco potente y la señal débil, interrumpida demasiado frecuentemente o nula. ¡Menudo trajín había que tener con la antena…!
     La mayor ilusión de los jóvenes aficionados al fútbol era ver el partido del domingo, uno sólo a la semana  que se transmitía por la primera cadena de televisión española, la única que se podía ver aquí. La UHF vino años después; en realidad vino tarde, mal y nunca, porque cuando llegó ya se llamó la segunda cadena.
    No conocíamos la televisión en color. Y cuando en 1968  emigré a París y descubrí en el escaparate de una  tienda del ramo de los Campos Elíseos un televisor emitiendo un partido de fútbol como se veía en la realidad, soñé con tener algún día uno. ¡Qué lejos quedaba en el futuro el ADSL en Internet, Facebook, Twiter y demás…! Aquí nos conformaríamos durante unos años más, con añadirle un papel de celofán coloreado pegado a la pantalla del televisor en blanco y negro, e imaginarnos que veíamos las cosas en color.
    No era sólo el fútbol lo que nos entretenía. Comenzaron las series de la industria televisiva americana. Más que ninguna, triunfó la del viernes: “Bonanza”, ahora cómicamente recordada por Chiquito de la Calzada. Y nadie se perdía la gala “Noche del Sábado” con Laura Valenzuela y Joaquín Prats, donde actuaban diversos artistas: músicos puros y cantantes (aunque en esta faceta del arte, triunfaba entre los jóvenes “Escala en HiFi”, casi siempre incluídas actuaciones de doblaje en play back), malabaristas, inocentes payasos y otras atracciones de show. Hasta el teatro clásico español de “Estudio Uno”, que comenzó más tarde, era visto con expectación, aunque no siempre nos enterábamos del argumento o del texto. Los mayores procuraban estar atentos al telediario de aquellos mitos de la comunicación como Matías Prats, David Cubedo o Jesús Álvarez,  hasta el último noticiario con el cierre de la emisión a eso de las doce con el himno nacional y el “gloriosos caídos por Dios y por España”, obligatorio del momento.
     Por entonces, ya contemplábamos con frecuencia en el cielo de Overa (¡casi nada, aquello de que, desde nuestra aldea, se pudieran ver artefactos de la importancia de aquéllos…!) el paso de los primeros satélites artificiales (recuerdo el primer Sputnik puesto en órbita por los rusos y la fortísima impresión que nos producía a mi padre y a mí distinguirlo en el verano de 1957, y el misterio que suponía saber que aquel artilugio permanecería describiendo órbitas alrededor de la Tierra, sin caerse; vamos, como la Luna, ¡nada menos!). Poco tiempo después de esos enormes impulsos tecnológicos dos jóvenes de diecisiete o dieciocho años recorrían  los caminos pedregosos, entre paradas frecuentes de aquella máquina e intentos de arranque, a lomos de una mobylette azul de segunda mano, los cuatro bares que en la época habían instalado la televisión como reclamo de clientes, tratando inútilmente de ver los partidos de fútbol del campeonato mundial celebrado en Inglaterra en 1966, pues la señal que se recibía en la zona era tan mala que los titulares de aquellos establecimientos pasaban el tiempo tratando de sintonizar los aparatos receptores, sin resultado positivo. Lo máximo que conseguían era que se viera algún fragmento del tiempo de juego, de manera fugaz, entrecortado con largas pausas de una especie de niebla o señal borrosa, gracias a lo cual, el espectador, que orientaba a quien manipulaba el aparato desde la parte posterior (“¡Ahora se ve…! Ahora no…”), podía imaginarse el desarrollo del juego entre alguna imagen de Manolo Sanchís con las medias bajadas, la de Franz Beckenbauer regateando juncal y elegante (actitud que no abandonaba ni con el brazo en cabestrillo como le ocurrió después de estos mundiales), o la de Bobby Charlton rematando con su temprana cabeza calva un centro lanzado por John Connelly. Iban del bar de Guillermo al de Juan el “Zurgenero”, o a la Venta;  luego al de Miguel el” Granaero”; o al de Beatriz la “Colorina”,  en “aquel lao”, si en esta parte del río no se veía nada. Todo inútil, a pesar de los esfuerzos de los técnicos. Compensaba el esfuerzo de aquel tour por etapas el sabor de la pipirrana o de la cerveza (no, las cervezas; sino una que, a lo sumo, tomaríamos para hacer gasto y justificar la permanencia en el local y el desgaste de silla). La mayor parte de las veces, ni eso. Bastaban unas pipas o unos garbanzos “torraos” con “arvellanas” (cacahuetes) bien saladas que dejaban la lengua y el interior de los labios erosionados, casi a punto de sangrar. Las cáscaras o vainas de estos “frutos secos” iban directamente al suelo y nadie reparaba en ello, pues, a falta de papeleras –que vendrían mucho más tarde y que todavía no se han implantado totalmente-, su destino aquel era el lógico: ¡¿dónde las ibas a echar…?! Pues ¡al suelo…!
        A falta de imagen visual, disfrutábamos de la narración técnico-deportiva de Matías Prats el Viejo, que amenizaba aquella emisión de neblina desde el Reino Unido lejano, con profusión de metáforas y referencias familiares de los jugadores: desde la flecha  asturiana Paco Gento arrancando en la banda, driblando a los oponentes, hasta el punto de córner y haciendo un centro prodigioso para que remataran  el gallego Amancio o el atlético Luis Peiró; hasta el sevillista Luis del Sol, distribuyendo el juego en el centro del campo con mucha seguridad y eficacia.
      En uno de aquellos “locales de ocio” vimos más o menos completa la final en Wembley del campeonato, entre Inglaterra y Alemania Federal; no la otra, la República Democrática, que destacaba en otros deportes, curiosamente menos de equipo, más individuales, a pesar de ser comunista. Y como la relación entre el bloque soviético y los alemanes del oeste no era la ideal en esta época de guerra fría, pues se entiende que en la situación creada con motivo de un disparo a meta hecho por los ingleses y que tras dar en el larguero tocó en la línea de gol comprobándose posteriormente  que no había entrado el balón, y, consultado el linier de nacionalidad rusa si había entrado o no, dijo levantando la cabeza con un gesto soberbio y rotundo “Sí, ha entrado”, y claro, esto, dicho a escasos minutos del final facilitó la victoria por cuatro a dos de los ingleses y el total enfado de los Beckenbauer, Overat, Haller, etc, después de haber ido empatando dos a dos, hasta el gol fantasma.
     Fue el torneo en el que destacó especialmente Eusebio Barbosa (recientemente fallecido), máximo goleador del campeonato, jugador del Benfica de Portugal, rival del Real Madrid, del Barcelona, de la Juventus de Turín, del Paritzan de Belgrado, o del Anderlech belga.

     Y tuvo anécdotas como la desaparición de la copa del mundo (copa Jules Rimet), que fue hallada casi accidentalmente por un perro, aunque no por Scotland Yard. ¡Y querían los escoceses independizarse…!

                                                          Salvador Navarro Fernández.

viernes, 28 de febrero de 2014

A LAS NIÑAS DE ANTES Y DE AHORA, CUANDO LLEGA FEBRERO





               Collige, virgo, rosas



En tanto que amenaza en la tormenta
el céfiro voraz la enhiesta torre;
mientras que el tiempo implacable corre
tras la vida, ansioso, desatenta
y busca, hambriento, en ruta polvorienta
la última huella que del mundo borre
al Eros que, fugaz, a Amor socorre
temeroso de verse en triste afrenta;
atiende la demanda, escucha, alienta
esta vana ilusión de enamorado;
permite que la dicha goce y sienta.
Lo que dicen los ojos al amado, 
que tu voz lo confirme, no lo mienta,
y sea cierto tu amante, confiado.


                 Salvador Navarro Fernández

lunes, 3 de febrero de 2014

MENOSPRECIO DE CORTE Y ALABANZA DE ALDEA EN LOS CONFINES DE UNA ALDEA PERDIDA




      
          Overa limitaba al Norte con la Sierrecica, que nos separaba de Almajalejo, los días que acompañaba a mi primo Cristóbal a que pastaran las cabras de mi abuelo. Al Este, con la Santa,  especialmente en la fiesta de la Breva y con los Oribes cuando sus vecinos subían a vender los primeros tomates, rojos veteados de amarillo, de la temporada, a la parte alta y ancha del río; al Sur, con el Cerro de las Panochas donde me desorienté buscando caracoles un día de lluvia fina con mi padre -al que le hice observar, con sorpresa para él, que había otro castillo idéntico al de Santa Bárbara sólo que al Oeste-, y con la torre de la Ballabona, en cuyo cortijo vivieron Frasquito y sus hijos Bonifacio y Sebastián el que se autolesionó un ojo con una navaja; y al Oeste con la arenosa  rambla de Almajalejo, la “Cañá" Vicario que sorteaba las embestidas de la rambla, Palacés famoso y Los Ballestas balconado.



                           Dentro de sus límites contaba con lugares pintorescos, de los que algunos todavía perviven:  Las Peñicas, paraje en pleno lecho del río,  ideal para cazar colorines emboscándonos los cazadores entre los taráis y las cañas delatoras, pues al mínimo roce con ellas los pájaros, escamados, despegaban desde las proximidades de la red, temerosos de caer en la trampa;  la misma  Sierrecica, balcón ideal desde el que contemplar con éxtasis, a lo lejos, el Mediterráneo a las faldas de  Mojácar;  el Cañico, manando su agua fresca nacida en la roca viva al pie de los magníficos ojos del puente; el Peñón de Santa Bárbara, siempre recio bastión defensor de este barrio; la inofensiva Ramblica, salvo cuando se la obligó a discurrir por donde no le gustaba; las Trincheras, escenario de la defensa militar de Overa en la Guerra Civil, hoy anuladas por la ampliación de la explanada del cruce de carreteras; las Revueltas (curva contra curva en la carretera vieja), puerta antigua de entrada desde el Levante, de los escasos medios de locomoción automóviles existentes en la primera mitad del siglo XX en este rincón de España, que daban acceso, de repente, a la contemplación de nuestro oasis, ahora casi yermo; la curva “El inglés”, primer recodo de la recta carretera que enfilaba el camino hacia la zona media del Almanzora; la casilla, junto al cementerio, que anunciaba yendo hacia el Este “A OVERA 1 KILÓMETRO”; la Venta del Empalme -porque a su altura se enlazaban como en palma una carretera a otra-, lugar de reposo de transeúntes y de tratantes y tasadores de naranja; el azul almacén de Obras Públicas repleto de trastos inútiles, señales de tráfico y herramientas, protegido por inexpugnables rejas de sólido hierro, con la otra casilla de peones camineros al lado, la principal de la zona, la del cruce de Overa; la “Cañá el Santo”(alguna imagen debió de haber en ese cruce de caminos), uno de los rincones de huerta con más riesgo de heladas de la localidad;  las Veintiunas, cortijo apartado de casi todos, dominando la curva del río;  el “Paraor”, cuyo nombre evoca el lugar donde paraban a descansar y abrevar los pastores con sus interminables rebaños que venían de Lubrín a vender su ganado al mercado de Huércal y luego embarcarlo en el ferrocarril; la Terrera, cortijo de nombre nunca mejor aplicado, justo en una rojiza terrera cortada en vertical sobre el río, soportando sus ataques erosivos; la Venta el Chavo, recibiendo valientemente las avenidas del bravo río, que debió ofrecer bebida, alojamiento o comida a  buen precio, pues un ochavo (el chavo, octavo u octava parte de una onza) fue bien poca cantidad de dinero en cualquier época; el puente Sopalmo, así llamado quizás, porque su entorno debió de ser más o menos abundante en palmito, como sucede ahora en la localidad “El Sopalmo” entre Mojácar y Carboneras; las Canteras, que con su explotación minera del yeso puesta en marcha por la familia Parra ayudó a sobrevivir a varias familias y proporcionó yeso blanco y moreno en esportones de pleita durante años a todas las obras de la comarca y revistió todas las paredes de los hogares de nuestra tierra; la calera “del Fuentes” próxima al cruce de carreteras, cuya piedra caliza picada a martillo por “el tío Joaquín de la cueva”, incandescente tras ser alimentada por la carbonilla traída de la estación de Zurgena, me quitó el frío tantas mañanas de blanca escarcha y de crujiente hielo en los charcos del camino real mientras esperaba la llegada de “El huevo” o de su madre “La gallina”, autobuses escolares que nos transportaban a diario hasta el Instituto “Cura Valera”, de Huércal; el llano “pillo” (porque según mi tío Jaime, cuando le mandaban sacar a pastar el par de ovejas de su casa y las dejaba allí, donde no había ni una brizna de hierba que comer, mientras él jugaba, aseguraba que en realidad sí que había pasto, que era un llano pícaro, "pillo"), pedregoso campo de fútbol en el que aprendimos a correr la banda y a regatear; la Almazara, rezumando verde aceite, hoy abandonada; la Noria Vieja, ya sin cangilones, de nuestros felices baños; las “Dos carreteras”, zona inmediata a la Cuesta Alta, pintoresca subdivisión de la Nacional 340 para mejorar su difícil trazado; la “Cañá" Vicario, naranjal en los confines del poniente de Overa; la temible rambla de Almajalejo, de avenidas parejas a las del río y a las de la Rambla del Peral (los tres juntos eran terroríficos); el camino de Lubrín o Camino Real, especie de cañada de la Mesta por la que eran conducidas las puntas de ganado mayores que se podían ver en la comarca. Y otros lugares tan llenos de encanto, color e historia local.
                   El paso entre unos barrios y otros antes de que el asfalto se prodigara por caminos y carreteras nuevas en Overa, no siempre estaba asegurado, pues las comunicaciones (sólo existía la postal o la personal) se cortaban cuando las lluvias eran abundantes o había deshielo de la Tetica de Bacares. Entonces se arbitraban pasos improvisados y precarios como las “pasaeras” (piedras sólidas y suficientemente robustas como para soportar la fuerza del río sin moverse del lugar donde se instalaban en el agua) que había que poner en medio de la corriente para pasar de “Aquel Lao” a esta parte del río, entre La Concepción y el resto de Overa o a la inversa. También había que construir una pasarela semejante entre Santa Bárbara y el resto de Barrios, esta vez mediante un par de palos (pitones o algo más resistente) y un par de haces de cañas del inmediato cañar, para salvar el chorro de agua que el barranco del mismo nombre traía durante un mes o dos al año. Barranco del cañar al que vertía algo más abajo un chorro enorme de agua por el cimbre, excavación subterránea que venía desde el cortijo del Carmen por debajo de los bancales de mi abuelo Cristóbal. Todo ello lo ha arrasado la imponente obra de la autovía del Mediterráneo, aunque los problemas del arrastre de aguas y arena siguen manteniéndose, incluso agravados.
                Entonces, antes de que llegara el teléfono o los automóviles, las comunicaciones se limitaban al desplazamiento a pie o en caballería -en ocasiones la bicicleta-, y era la burra el medio animal más común, práctico y económico. La pobre burra libró a muchos de meterse en el frío de las gélidas aguas y del cansancio del andar.




                Cuando mi aldea perdía sus límites, era el día principal de la semana: el lunes. Entonces se ensanchaban las fronteras hasta Huércal, donde se celebraba el mercado. A él concurría la gente de Overa, los mayores, medianos y pequeños, todo el que podía. Allí iban destinados los productos de la agricultura y de la ganadería de nuestros esfuerzos: frutas, hortalizas, granos, gallinas, huevos, conejos, corderos, cabritos, ovejas,... Pero también productos manufacturados con la fibra más abundante en la localidad: el esparto. Con él se elaboraban capazos ( de distinta ‘ca-pa-ci-dad’, esteras, sogas, guita, sobrecargas,  zapatillas esparteñas, morales, soplillos, cachuleros (“capsuleros” porque se encapsulaba dentro a los caracoles), etc. 




Pero, sobre todo, se fabricaban las aguaderas (llamadas así porque estaban concebidas para traer agua potable a la casa), receptáculo hecho de pleita (del latin plexa, participio pasado de plecto, tejer; y pleito y pleita fueron las formas evolucionadas); o sea, tela hecha con esparto, cosido con guita de la misma materia prima, que se vendía en dobles parejas enlazadas (posteriormente las aguaderas de un solo recipiente por cada lado  vivieron una etapa de cierto florecimiento cuando se popularizó su uso en las mobylettes), para colocar a la grupa de burras o mulos y meter en ellos cualquier cosa, pero especialmente, los cántaros, que, de cuatro en cuatro, vendrían a la casa llenos de valiosa agua haciendo sonar el “cloc cloc” de su boca desde la fuente más buena o cercana, para su uso doméstico. No pocas aventuras vivieron los cántaros yendo y viniendo a la fuente y rompiéndose con demasiada frecuencia para lo que la economía del momento podía soportar. Algunos quedaban simplemente “foquinaos”, “esfoquinaos” o ‘desboquinados’, es decir, rotos sólo por la boca. Otros, quedaban mancos de un asa. Otros, hechos tiestos, si no había posibilidad de que algún gitano de Zurgena los lañara haciendo uso de aquellas rudimentarias taladradoras que eran sus admirables husos de sube y baja, cuyas roturas cosían las lañas o grapas artísticamente colocadas. Cuando no se podían recomponer su renovación y sustitución tendría lugar el lunes más próximo en la “plaza de los tiestos” de Huércal, donde los albojenses los vendían nuevos  transportados en el viejo autobús del “Vaya-vaya”. Este mítico y romántico autobús efectuaba diversos viajes los lunes entre Overa y Huércal, y era una especie de metro de gran ciudad para la época, o vagón de tren de la India, con todo el espacio abarrotado de viajeros y enseres, sobre cuyo techo iban los animales y bultos de diverso contenido, destinados a la venta en el mercado. Allí se mezclaban los balidos de chotos y corderos atados de las cuatro patas con los espasmos y el cacareo de gallinas y el silencio de los conejos, en busca de su hora final en la cazuela o en las brasas.

                                                                   Salvador Navarro Fernández

viernes, 3 de enero de 2014





                          

                       DE CINE Y DE CIRCO




           Hasta la llegada de la televisión a nuestra tierra en los años sesenta, los espectáculos públicos se centraban  en las fiestas patronales amenizadas por música en directo como la de la Orquesta Alas, cerveza sabrosísima refrigerada en un tonel entre  bloques de hielo traído de Garrucha en paja y  saco de arpillera, puestos de dulces, limón granizado y fiesta de pólvora; la Pascua aromatizada de olores de horno de leña,   “mantecaos”, rosquillos o “sobaos”, música de laúd y pandereta;  y los carnavales de cencerro y camisa empapada de vino tinto; amén de las ceremonias religiosas litúrgicas, de misa  o procesión.

        Sólo de manera esporádica pero recibidos como acontecimientos de orden superior, se produjeron otros que conmocionaban la vida rutinaria de la localidad, por lo especiales, ocasionales y raros que resultaban: Fueron  el cine y, con menor frecuencia, el circo.

        Los pases de cine no tenían periodicidad regular, pues dependían de  diversas circunstancias de distribución, disponibilidad de personal técnico, y otras.

        Una de las más célebres películas que se proyectaron en la terraza de verano de  “El Niño Antonio”  fue el musical romántico de Stanley Donen, ganadora de un óscar, 'Siete novias para siete hermanos', de 1954, con Howard  Keel y Jane Powell, disfrutada y celebrada por el público de Overa muy pronto,  ya en 1955 ó 1956, en una enorme pantalla de algodón blanco colgada en lo alto de la pared, frente a un patio de “butacas” domésticas, es decir, sillas de anea o de madera, de desconocida procedencia, pero muy confortables, a juzgar por lo poco que la gente reparaba en ellas, ante la magia de las imágenes proyectadas;  y que en este caso no perdía detalle de las aventuras amorosas de la poblada y dinámica cabaña del bosque, extraño hogar de los siete hermanos, raptores de aquellas sabinas del  cercano pueblo. Todavía resuenan en mis oídos los ecos del tema central musical de la película, aquél  Uhm, uhm…¡uhm!, de Adolph  Deutsch,  acompasado al golpe de hacha de los hermanos leñadores cortando troncos con una agilidad y elegancia de bailarín, como era propio de un musical, de la Metro Goldwin Mayer.

       El proyector lanzaba su oscilante haz de luces y sombras, definiendo con más o menos nitidez las imágenes móviles de aquella copia, algo deteriorada de tanto desenrollar y enrollar el celuloide en las cajas redondas de lata para los rollos. La gente no pardeaba. Y perderse un sólo fotograma  suponía  un error imperdonable. "¿Has visto cuando el jovencillo…?" Y si no lo habías visto porque el de delante se levantaba demasiado, ¡te habías perdido lo mejor!

       El precio de la entrada no lo recuerdo, pero, aunque no debía de ser muy elevado sino a tono con la escasa riqueza del lugar, el robusto almendro que crecía frente a la puerta de entrada del almacén de tratamiento y selección de naranja del que estamos hablando convertido en improvisada y pintoresca terraza de cine de verano,  en aquella ocasión, como en otras, se encontraba poblado de más de un felino trepador  como solían ser los mozos de la época, acostumbrados a subir a los naranjos, las higueras y cualquiera de los frutales de la huerta de Overa.   Desde aquella atalaya, el que conseguía encaramarse más rápida y prontamente, podía, no sin cierta dificultad y relativa comodidad, seguir la proyección y enterarse del argumento, en mayor o menor medida, gracias al espacio libre que dejaba en su parte superior la puerta de entrada,  al cerrarse.  En cualquier caso, podía presumir de haber gozado de una posición de espectador privilegiado. Pero si no habías conseguido localidad en el almendro, todavía podías intentarlo mirando por las rendijas de la puerta o por el ojo de la cerradura.

      Los comentarios al término de la proyección eran nulos o escasos, pues la gente, como no había ambigú ni cosa parecida se dedicaba más bien, mientras emprendía el camino de vuelta a su casa, a hablar de otros asuntos  o a reflexionar sobre aquel acontecimiento visual que se les ofrecía tan cerca de su hogar, impensable en muchas otras aldeas de una entidad parecida a la de Overa, y que todavía estaba organizando en su cabeza.

      Pusieron en esta “terraza” otras películas, pero no creo que llegaran a ser de la importancia de Siete novias para siete hermanos. Era en blanco y negro y tenía la magia que a la época le dio el blanco y negro. No hace mucho la he vuelto a ver, ya coloreada. Pero no es igual. Esta no la reconozco como la que yo disfruté. No tiene el duende de aquélla.

      Se instaló, al menos en una ocasión, en esta misma “sala” o almacén, un circo;  es difícil de entender cómo lo consiguieron, por el espacio que para tal espectáculo se exige, y tan exiguo, insuficiente a todas luces en este local. Pero se instaló.

       El programa incluía  funambulistas y trapecistas. En el número del artista sentado en una silla que se apoyaba sólo en dos puntos sobre un alambre tenso, el público exhaló un "¡Ay! Hijo mío!" a coro en el momento en que el joven protagonista simulaba caerse desde aquella altura, aunque finalmente quedaba sujeto por las puntas de los pies, al alambre. Una vez descubierto el truco, algunos se mostraban entre burlados y ofendidos. Lo cual no quiere decir que desearan que el muchacho se estrellara.

      En el número de magia, el tío Ginés no salía de su asombro  -ni el resto de espectadores-, cuando comprobó que del bolsillo de su inseparable chaqueta salía un enorme huevo de madera, así como otro, más pequeño,  que llevaba detrás de la oreja. El mago se los mostraba a la vez que le preguntaba  cómo había conseguido semejantes objetos aquella noche.

       No menos incredulidad produjo ver al faquir aquél que, cogiendo una bombilla eléctrica, la rompió y, echándose los trozos de cristal a la boca, los masticó tranquilamente y se los tragó. Las caras de la gente gesticulaban imaginándose el paso de aquellos fragmentos cortantes por la garganta del artista o por la suya propia.

      Al final del espectáculo se vendían infinidad de tiras de papel verde con números impresos en negro, y la gente, con más o menos seguridad de fortuna, las compraba ansiosa de que les tocara en la rifa la botella de coñac, trofeo que podría luego exhibir y consumir posteriormente con los amigos o, si no era tan desprendido, en familia.

      No fue el único circo que se instaló y dio espectáculo en aquellos años de escasez, en mi aldea.

      Estuvo en más de una ocasión también la troupe del  Melquíades de Cien años de soledad, en Macondo; digo…en Overa.

      Hacían el pasacalles, anunciándose a la manera tradicional, el músico autodidacta de la reluciente y escandalosa trompeta, el domador de la cabra Catalina, el del tambor tronante, y alternativamente, un mono diminuto  vivaracho o  un babuino o macaco leonino que causaba pavor entre los críos de menor edad.

      Era el anticipo de lo que podría contemplarse en la función que tendría lugar aquella tarde-noche en alguna era donde se instalaba la precaria carpa, pues como la compañía no disponía de equipo de iluminación, era necesario hacer uso de la luz natural.

     El programa de actuaciones, ya en sesión, incluía la participación de una pobre muchacha escuálida, contorsionista hasta lo imposible, algún aprendiz de payaso sin suficiente gracia;  un violinista como instrumentista exótico por el modo de sujetar el instrumento y por el sonido del mismo, desconocido en la localidad, así como unos saltos de los monos papiones o babuinos, sobre artistas de la “empresa” intercalados de algún joven voluntario que se prestara a servir de apoyo a los cuadrumanos.

    El número de la cabra escalando una estructura de madera  cada vez más estrecha y empinada, hasta colocar las cuatro pezuñas en un espacio no mayor que un tacón de zapato, al son de la trompeta ruidosa, era la actuación estelar, apoteósica, previa al paso entre el público de un recipiente, canastillo de caña, solicitando una aportación económica voluntaria, añadida al coste de la entrada al espectáculo, que ya se había abonado. Era escasa la cantidad de monedas que conseguía la contorsionista, encargada de hacer la colecta. Pero el espectáculo había merecido la pena, después de todo.

      En el almacén de Doña María se proyectaban las películas en invierno. El local era espacioso e impresionante, sobre todo si te tocaba entrar ya iniciado el No-Do, noticiario de noticias oficiales: En solemne oscuridad te recibían las trompetas, pífanos y atabales, mientras un majestuoso palomo aterrizaba en medio de una luminosa plaza cerca de cuya fuente se movían insinuantes y garbosas  palomas,  antes de ver aquella magistral manoletina dada con un capote torero, y de que el caudillo y su séquito llegara  a inaugurar un pantano en algún río de España: “Su Excelencia el Jefe del Estado, acompañado de… inauguró…”. Y todo el mundo escuchaba con silencio reverencial.

        'Puebla de Mujeres' (comedia de los Álvarez Quintero) y  'Juan Palomo' (aventuras de un bandolero de la época de la invasión napoleónica), son dos de las películas más aplaudidas por el público de Overa. También alguna otra, de tema social con moraleja, donde el delincuente acababa con sus huesos entre rejas, tras intentar infructuosamente escapar a la persecución de la Guardia Civil. El tal Alberto, el protagonista, llamado insistentemente por su madre para que se entregara cuando se había encaramado a una reja,   era motivo de crítica de una espectadora asistente: "¡Vaya ración de Alberto…!" Y en eso consistió su crítica a la película.

       Al terminar la proyección el público abandonaba la sala, con pocas ganas de hacerlo, tratando de reconocer a los asistentes que salían de las tinieblas cinematográficas.

       Los rigores del invierno de esta tierra por la noche, especialmente a la salida de aquel  local cerrado y más o menos caldeado por la permanencia durante dos horas de buen número de personas, sólo podían  combatirlos  los críos resguardándose bajo el chal de su madre; nada más cálido. Así podían llegar mitad dormidos mitad despiertos, a su casa, y de allí, a la cama hasta el día siguiente, soñando con los bandoleros.


                                            


                                                     Salvador Navarro Fernández